8 mayo, 2021

AUTOCULTIVO DE CANNABIS CON FINES TERAPÉUTICOS

 

Por Matías Aguirre – Referente del Movimiento Evita
@matiasaguirreok

Hoy (por 12 de noviembre) se produjo un hecho histórico en nuestro país. El Gobierno reglamentó, a nivel nacional, la producción y el acceso del cannabis para uso medicinal, garantizado por el Estado y la cobertura social, al tiempo que se habilitó el autocultivo y el cultivo solidario con los mismos fines terapéuticos.

La medida, celebrada principalmente por todas aquellas organizaciones civiles y sociales que luchan hace años por esta legislación, es altamente superadora de la sancionada en 2017. La cual era sumamente restrictiva en su alcance, ya que solo permitía el uso en el tratamiento de la epilepsia refractaria, dejando afuera muchas otras patologías y limitando la investigación de otros posibles beneficios.

Además, a contramano del pedido de las organizaciones, se mantuvo la prohibición y la penalización del autocultivo, dejando así, por ejemplo, a una madre que cultiva para tratar a su hijo bajo la misma figura penal que a un traficante. Por último, esa legislación era excluyente en términos socio-económicos ya que, al no habilitar la producción nacional, los altos costos de la importación restringían el acceso al aceite de cannabis.

Más allá de que sea digna de celebrarse, esta ley llega algo tarde. Primero porque el sufrimiento de quienes padecen patologías que podrían haber sido tratadas no es retroactivo. Y segundo porque los beneficios de los derivados del cáñamo se conocen, literalmente hablando, hace miles de años. Podría decirse que no llega algo tarde, sino demasiado.

Históricamente esos derivados su utilizaron no solo con fines medicinales, sino también industriales y agroecológicos, al punto de ser considerada una planta sagrada en muchas épocas. Sin embargo, gracias al auge del consumo recreativo que comenzó el siglo pasado, su producción fue prohibida y penalizada en todo el mundo. Y es que, coherente con su histórica conducta, el ser humano prefiere prohibir antes que regular, penalizar antes que acompañar, y cerrar el libro cuando se topa con algo que va más allá de su entendimiento.

Esta breve revisión histórica no es caprichosa. Es fundamental para entender la mirada conservadora, desinformada y punitivista que hoy sigue existiendo respecto al consumo recreativo. Una visión que no solo frena el potencial productivo de los derivados de la planta, sino que desregula la producción para el consumo, generando una red de narcotráfico de la cual los propios gobiernos son cómplices, directa o indirectamente.

Debemos avanzar de una vez por todas en la despenalización del uso, cualquiera sea su fin. Establecer así una Ley de Drogas que sirva para combatir al narcotráfico y dejar de perseguir a los consumidores y cultivadores. Es fundamental generar políticas de salud que tiendan al acompañamiento y tratamiento en los casos de abuso, en vez de seguir llenando las comisarías por causas de tenencia, mientras los narcos y sus cómplices siguen libres.

¿Acaso es arbitrario que el alcohol, el tábaco y los tranquilizantes farmacéuticos sean legales, mientras la marihuana, que es mucho menos adictiva y dañina, no? Nos merecemos un debate serio al respecto, porque no puede ser que los intereses económicos y la presión del lobby empresarial sea la que termine dictaminando qué droga es legal consumir y cuál no.

Mientras demoramos ese debate, muchos pibes y pibas, en su mayoría de sectores vulnerables, siguen padeciendo de forma directa o indirecta esa falta de intervención del Estado. Ya sea porque se ven obligados a trabajar como peones del narcotráfico, o bien porque terminan en un consumo sin control, de drogas adulteradas y de baja calidad, sin ningún acompañamiento terapéutico ni acceso a un servicio de salud integral.

 

Matías Aguirre – Referente Movimiento Evita

@matiasaguirreok

 

 

*Las opiniones que se emiten en esta columna no necesariamente representan la línea editorial del medio.